
Si todo parece contradecir la idea de que en medio de los embates de la vida se puede encontrar gente feliz, dirige tus pasos hacia......
Calamarí.
Calamarí agua salada y agua dulce; Calamarí, tierra de cangrejos, llamada desde siempre a mirar hacia atrás para no olvidar que aquí el indio, el negro y el blanco fueron un solo hombre y una sola mujer.
Por las calles aún se rumora que transitan brujas, viejo legado del encuentro de miedos o espejismos que se anidan en la piel y sus colores.
Pocas veces podemos ver la Popa del barco dibujada en el agua, pero la erosión del pequeño cerro que lleva este nombre nos recuerda con frecuencia el fuego cimarrón, a Buziraco cayendo en el despeñadero de la herejía colonial.
Pero aquí suenan hoy los tambores como un ritual de gozo; caminan las palenqueras con su palenque a cuestas, llevando sobre su cabeza la música y la fruta tropical. 
Aquí todas las mañanas un hombre madruga a su cita con el mar, todas las mañanas levanta los brazos hacia las olas, y las olas se levantan hacia él; su voz se la lleva la brisa y nadie sabe qué pide o qué reclama en su ritual marino.
Aquí suena “caaaaooooo” y viene detrás una negra persiguiendo su voz; se oye “cooocááá” y el dulce olor de la panela se mezcla con el salitre marino, las tardes huelen salado y dulce como la realidad de este pueblo.
Aquí los números no orientan, saber los nombres es requisito indispensable para conocer el destino. Muchas de sus calles cuentan su propia y pintoresca historia, pero bajo los balcones coloniales, la Calle de los márties, la Tumbamuertos, la Tripita y media, la De armas, y la del Del estanco, entre otras, parecen murmurar una historia colectiva con una voz que viene de más allá de las fronteras de Bolivar. Pero por encima de las leyendas, las evocaciones y el asfalto caminan por aquí personas que sonríen y que cuentan al paseante, con dignidad, alegría y orgullo, la historia de su gente.










